
El desencuentro puede tener varias explicaciones, para mí puede ser debido a pruebas que te pone el destino para el convencimiento de lo que sientes, puede ser una constante señal para hacerte entender si quieres perseverar en algo o no, generalmente cuando en tu vida se dan ciertos desencuentros pueden pasar dos cosas, la primera: que te des cuenta que quieres seguir luchando porque notas y sientes que es poderoso lo que llevas dentro, tanto que ni siquiera el desencuentro te hace desistir; y la segunda: que desistas; cuando pasa esta última simplemente, pienso yo, es porque lo que te removía o creías que te removía no valió de nada… yo me mantengo en la primera hoy por hoy.
Lucho, siempre me dijeron que era una luchadora sin descanso, que cuando me proponía algo iba hasta el fin si estaba plenamente convencida de ello. No puedo dejarme llevar por las puntadas del destino cruzada de brazos, no es ni mi naturaleza ni mi convicción de las cosas.
Por eso, estoy acá, tratando de imaginar qué prueba debemos seguir pasando; preguntándome a qué está pretendiendo jugar el destino, y qué papel estamos llevando en todo esto. La cuestión está en determinar y analizar si le vamos a seguir el juego o nos impondremos ante su reloj, ese implacable reloj que no se atrasa sino que por el contrario parece que cada vez anda más a prisa.
Cuestionándome si seguiremos tratando o desistiremos en el intento, no lo sé. Por momentos he pensado que lo más razonable es detenerse, viendo como detrás de un plan hay un “planchazo”, pero por otra parte se imponen mis ansias, esas que me llevan a ti aunque no estés, aquellas que me hacen decir tu nombre cuando no te encuentro, o las otras, las más libidinosas, esas que pronuncian mis arcos y hacen estallar los suburbios de mi carne, ¡OH esas!... las que te llaman a gritos cuando las invistes.
Sí, es difícil decir “basta” cuando el alma no entiende, cuando simplemente no puedes luchar contra tus designios, contra ti, cuando tienes la certeza de que matando los momentos te aniquilas a ti misma, sin derecho al perdón.
No, ambas lo sabemos bien, sabemos que cuando la fiebre está implícita es imposible detenerse, solo jugamos a la pausa, pero juego al fin, ¿Quién se lo cree? ¿Quién puede decirle que no a la vida más que en un juego? ¿Quién puede preferir estar muerto en vida si no está consciente de que solo está jugando? ¿Quién pone el freno? ¿Quién lo acepta? ¿Quién puede decirle “basta” a nuestro órgano vital? ¿Quién si solamente podemos andar, reír, ser, estar, con lo que nos hace latir el corazón?
¿Y quien? Dígame alguien… ¿Quién puede vivir sin al menos un latido?...
Lucho, siempre me dijeron que era una luchadora sin descanso, que cuando me proponía algo iba hasta el fin si estaba plenamente convencida de ello. No puedo dejarme llevar por las puntadas del destino cruzada de brazos, no es ni mi naturaleza ni mi convicción de las cosas.
Por eso, estoy acá, tratando de imaginar qué prueba debemos seguir pasando; preguntándome a qué está pretendiendo jugar el destino, y qué papel estamos llevando en todo esto. La cuestión está en determinar y analizar si le vamos a seguir el juego o nos impondremos ante su reloj, ese implacable reloj que no se atrasa sino que por el contrario parece que cada vez anda más a prisa.
Cuestionándome si seguiremos tratando o desistiremos en el intento, no lo sé. Por momentos he pensado que lo más razonable es detenerse, viendo como detrás de un plan hay un “planchazo”, pero por otra parte se imponen mis ansias, esas que me llevan a ti aunque no estés, aquellas que me hacen decir tu nombre cuando no te encuentro, o las otras, las más libidinosas, esas que pronuncian mis arcos y hacen estallar los suburbios de mi carne, ¡OH esas!... las que te llaman a gritos cuando las invistes.
Sí, es difícil decir “basta” cuando el alma no entiende, cuando simplemente no puedes luchar contra tus designios, contra ti, cuando tienes la certeza de que matando los momentos te aniquilas a ti misma, sin derecho al perdón.
No, ambas lo sabemos bien, sabemos que cuando la fiebre está implícita es imposible detenerse, solo jugamos a la pausa, pero juego al fin, ¿Quién se lo cree? ¿Quién puede decirle que no a la vida más que en un juego? ¿Quién puede preferir estar muerto en vida si no está consciente de que solo está jugando? ¿Quién pone el freno? ¿Quién lo acepta? ¿Quién puede decirle “basta” a nuestro órgano vital? ¿Quién si solamente podemos andar, reír, ser, estar, con lo que nos hace latir el corazón?
¿Y quien? Dígame alguien… ¿Quién puede vivir sin al menos un latido?...